lunes 21 de diciembre de 2009

alambres



la mirada inevitable cuando ya los carroceros levantan las herramientas.

viernes 20 de noviembre de 2009

el kaly


por las tardes regresa al barrio, viene de pedalear la vida y el horario de ayudante albañil como tarea. dice que de lonche lleva tacos de frijoles. su hermana debe todas las semanas ir a cambiar el cheque de su raya. porque él, que se llama alberto y le dicen kaly, no tiene credencial de elector. porque tampoco existe su acta de nacimiento. crecimos juntos, él un poco antes que yo. y trabajábamos en un taller de carrocería. desde morro me gustaron sus bicicletas, soñaba cuando grande tener una como las que él armaba. sigo sin conseguirla. este es mi camarada el kaly, el que una mañana me contó que lo único que no le gusta de vivir en el cerro, es esa luz que se enciende: "porque cuando voy a cagar, el pinchi relámpago me asusta".

lunes 16 de noviembre de 2009

Donde habita el olvido: la alegría


Texto y foto: Carlos Sánchez


Los golpes en las percusiones llenan de ritmo la biblioteca. Las palabras hacen lo suyo. Estamos en el Cereso y la mirada de doña Lupita es un río que sumerge a los presentes en paz de agua cálida.

Doña Lupita tiene los años suficientes para los pasos en parsimonia. Despacio las palabras, despacio la sonrisa. Dentro de la cárcel su nombre es sinónimo de convocatoria a la literatura.

Y es la literatura la que esta mañana nos hace coincidir. Un escritor que radica en Chiapas, y que nació en un pueblo del sur de Sonora, Navobaxia, ha regresado a su tierra, para compartir las historias que conforman el libro de su autoría: al contado.

Después de compartir su vocación en la Feria del Libro de Hermosillo; al día siguiente en la Universidad del Valle México, después de firmar ejemplares con dedicatoria, de abrazar a su madre entre la multitud como testigo, Omar Gámez, el Navo, acepta feliz pisar el concreto de la cárcel para decir lo que se obsesiona desde su creación. Él es el autor de al contado, el cual, incluye un género híbrido: croni-cuentos.

Y sobre el contenido, el escritor Fernando Valencia Camoy, el Chino, dice que las escenas están muy bien logradas: “según mi punto de vista, porque al irlas conociendo, uno va sintiendo el sudor en su frente, la desesperación, el sofoco por falta de oxígeno, y por tanto cansancio.”

Las palabras del Chino ilustran. El rasgueo en la guitarra da pie al desgarramiento en la emoción. Se siente en el pecho la alegría lúdica que transmite el cantautor, y el escritor. Gaspar Madrigal, el Gaspior, es camarada del Navo, y también asiste a la cárcel, en compañía del Lalo, a poner ese toque de lenguaje universal que sólo la música posee.

Cantar y leer es la dinámica. Y si los párrafos en la voz del escritor son lúdicos, las estrofas del Gaspior no entonan mal Las mulas de moreno. Los internos que no son pocos, abren con deseo los oídos, acceden por éstos las lúdicas historias.

El entorno no puede ser mejor: libros, palabras, ritmo. La mirada de doña Lupita, los ojos de los presos: lupas para detener las imágenes en la memoria, para siempre.

¿Qué es lo que hace que una historia contada desde el autor despierte el interés de los presentes, o lo que es más: les arranque la risa en estruendo?

El Navo está hecho de eso, o yendo más a la precisión, los personajes de al contado son eso: la ironía descarnada. Por eso la risa, aunque implícito exista el dolor a cuestas de hombres y mujeres, no importa si púberes o infantes, madres que no encuentran a sus hijos, oficios diversos, desde el campo o la prostitución, la cerveza como móvil para una madriza en una tarde de cantina.

En la cárcel se escucha y se lee. La música dosifica la pena, y no es lugar común, porque podrían pensar los señoritos, los investigadores, los estadistas, los damos de la caridad, que en la cárcel sólo existe la delincuencia, la infamia, el extorsionador, el asesino, los ladrones. En la cárcel también hay margen para el error, así como en las conclusiones de la sociedad.

Después de la estadía entorno a los libros, en ese aplauso como clausura de la presentación de al contado, los presos, no sin antes apañar un puño de galletas, un café, regresan a su respectiva celda, el cantón, le dice la mayoría.

El Navo, el Gaspior, el Lalo, a un lado de la raza, acampamos a un costado del taller de talabartería del Rodolfo, ese hombre de peso al que todos miramos hacia arriba, para alcanzarle la mirada. Y nos advierten ya el Gilberto, la Sylvia, que desde la cocina enviarán una remesa de botana. Para que no olvidemos las tripas, para que recordemos que en el Cereso se conciente a los artistas, las visitas.

No alcanzan las palabras para esta mañana que de a poco se convierte en tarde. No cabe en descripción el rostro desorbitado del Rodolfo al apoderarse de la guitarra del Gaspior, porque el músico se lo sugiere. Y la humildad se apersona desde la voz del altote: “mejor voy por la mía, te la voy a ensuciar.”

Canta el Rodolfo, porque ante tan lindo sonido no puede evitarlo. El Gaspior golpea las percusiones, ambos, y ante el coro de la raza, llevan a buen puerto esa rola de Sabina que como estribillo tiene: donde habita el olvido.

Y no es ironía, porque aquí, en la cárcel, también habita la alegría, la literatura, las guitarras…

sábado 14 de noviembre de 2009

El último periodista cultural


José Lius Espinoza era, con mucho, el mejor entrevistador del diarismo cultural


Después de tres años sin noticias suyas, Jorge Luis Espinosa me llamó una tarde para invitarme a que presentara su libro, un volumen que antologa más de veinte años de trabajo periodístico. Cuatro días más tarde recibí en la oficina un ejemplar de En memoria del fuego. Cuatro días después, alguien me llamó para decirme que Espinosa había fallecido. No se trata de una simple frase: Jorge Luis era el último periodista cultural que hubo en México. Con su muerte llegó a su fin una era. Lo que viene atrás, salvo algunas excepciones, es la improvisación, la ignorancia, la mediocridad. Tuve el privilegio de trabajar con él en El Independiente y luego en El Universal. Era, con mucho, el mejor entrevistador del diarismo cultural. Se había forjado en la vieja escuela: era incapaz de presentarse a una entrevista sin haber leído y subrayado la obra del entrevistado. Era un periodista que valoraba la erudición en un medio donde la erudición suele ser vista como un estorbo. Era un periodista que valoraba el estilo, en un medio donde el estilo está subordinado a las urgencias de la información.

Una tarde se despidió de mí. Dejaba el periodismo y sus sueldos miserables para irse a trabajar a una oficina de comunicación social. No olvido lo que me dijo: “Es horrible no poder vivir de tu trabajo”. Intenté detenerlo, hablé con los directivos del periódico: no podíamos dejar ir al mejor periodista cultural. No obtuve resultados. El vacío que dejó está a la vista. Ignoro cuánto tardaremos en volver a tener un periodista de ese tipo.

El día de su velorio encontré nuevamente las caras que me han acompañado a lo largo de la vida. Los periodistas peor pagados y más maltratados del medio. Los periodistas que han luchado contra todo para mantener encendida, en las páginas de los diarios, la luz de la inteligencia. Los primeros en ser corridos y recortados. Las víctimas eternas de las crisis eternas. Recuerdo unas líneas de Gabriel Zaid: la cultura le puso casa al periodismo mexicano y ahora vive como arrimada en la casa del periodismo mexicano. Cuando más, se le confina en los sótanos, los cuchitriles, los desvanes.

La voluntad narrativa fue la mejor tradición de nuestro periodismo. Hoy los diarios han desterrado esa tradición de sus páginas. Jorge Luis Espinosa fue uno de los últimos reporteros que la cultivó. En verdad ha terminado una era. Revisar las planas culturales es llegar a la conclusión de que sólo quedan los bárbaros. Sólo queda el desierto.

Héctor de Mauleón • demauleon@hotmail.com

viernes 13 de noviembre de 2009

para huirme de mí




patita de perro, encender el pensamiento


El requinto, la batería, el bajo. Suenan diez minutos antes de la hora. Los niños y no tan niños, un solo grito. Aplauden el inicio del concierto. Patita de perro se llama el grupo, y en su participación en el marco de la Feria del Libro de Hermosillo, están más que puntuales

Boletín ISC No. 339 / Noviembre 12 / 2009: Año de la lectura

Al sonar la nota que cierra la rola, el vocalista advierte: “Esta es una prueba de sonido, para que vean que también tocamos, que no sólo tenemos cara bonita”.

Y la inquietud después del silencio. A esperar lo que falta para las ocho. Nadie se mueve de sus lugares. Al contrario, más oídos llegan.

Los tambores son el aviso para el inicio formal del concierto, al compás de un requinto, un bajo, y la voz, una rata se aparece tocando el saxofón.

Los rockeros, con un discurso hábil, lúdico, informan de manera tácita a los asistentes, que ni para ellos, ni para los niños, existen los imposibles. Es entonces que la libertad para crear se apodera de sus ideas. Pon pin es un muñeco, muy naco y barrigón. La parodia para la felicidad. El aval se convierte en aplausos.

Baila el padre con su hija, la madre con su hijo. Las cabelleras son árboles entre el viento. Una fila de adolescentes es una coreografía improvisada ante el ritmo del grupo que contagia.

Entre la diversión no se puede concluir quién goza más, el padre, la madre, los hijos. No hay cómo concluirlo. Cuando todos mueven sus manos acatando las consignas del vocalista, la risa no tiene manera de medir la intensidad del gozo.

Esa noche, entre el callejón Velazco y calle Allende, desde la actuación de Patita de perro, las mamás sugirieron con un grito rockero a sus hijos, que se pusieran ya el uniforme. La tiranía lúdica de los padres que exigen a los hijos. Perfecta manera de proponer para la corrección de los excesos rutinarios que se ejercen dentro del hogar.

En la carrera de diversión, una niña tamborileó sobre una batería imaginaria. Un niño requinteó al viento como si en sus manos existiera de veras una guitarra.

Los Patitas: Fehaciente realidad de la alegría como antídoto para la violencia. Incluso la familiar.

martes 10 de noviembre de 2009

al contado, lectura lúdica y personajes con necesidad del llanto


Navobaxia existe y significa, en lengua mayo, tuna lavada. El escritor sonorense, Omar Gámez Navo, desenfunda su oración para aclarar que ante el nombre de su pueblo, el pecho se yergue


Boletín ISC No. 335 / Noviembre 10 / 2009: Año de la lectura


Ante la presencia de su madre, doña Panchita Guirado, el escritor, quien radica en Chiapas, y a decir de otro escritor, Armando Vega-Gil, triunfó esa noche de lunes en el Foro de Culturas Populares, en el marco de la Feria del Libro de Hermosillo 2009.

Presentadores de ligas mayores tuvo el narrador, a quien sus camaradas nombran El Navo. Y cómo no, si en la mesa y para describir el contenido de la obra al contado, publicada bajo el sello de Editorial La Cábula, estuvieron los también escritores: Josefa Isabel Rojas Molina y Joel Verdugo. Poetisa la primera; investigador y maestro, el segundo.

En su intervención, Joel Verdugo, pudo compartir la crónica de esos días de andar al lado del Navo, en esta ciudad que es Hermosillo. Con su característico tono lúdico, el maestro universitario transportó a los asistentes a la calle Veracruz y Guadalupe Victoria, allá al interior de un apando donde vivía el Joel García, un camarada en común.

Y fue allí que surgieron los primeros textos, de manera oral, del autor de al contado, en esas charlas en cuyo desvelo desfilaban las caguamas, la gélida nostalgia para ablandar el corazón y decir el sentimiento.

La poetisa Josefa Isabel Rojas Molina, en su intervención y ante la sorpresa de un lleno definitivo de espectadores para el autor, se preguntó: ¿Qué nos dicen las crónicas de al contado? Instante posterior compartió su respuesta:

“Nos cuentan, característico de las crónicas, principalmente de lo que ya pasó, y también de lo que está pasando en algunos turbios escenarios llenos de cemento y droga, citadinos pues, o en otros lugares envueltos con el celofán coloreado, vistoso e ingenuo de la sensación campirana, casi paisajes bucólicos…

"Los lectores crédulos de al contado, no pueden, aunque lo intenten, condolerse de los personajes, (del personaje principal sobre todo, el que algunas veces es también narrador) porque los hombres y mujeres que aparecen en este camino narrado no se dejan. Sácate de aquí que no estoy muerto, nos dicen, vete, ¿qué no ves que no puedo llorar si me estás viendo?..”

Los personajes en esa necesidad de llanto, a decir de Josefa, y los asistentes en la presentación, ya en la lectura de textos en voz del autor, la carcajada inevitable. Porque al contado, no son sólo fotografías de la memoria de quien escribe, ni un pretexto para el reflector; al contado es un constante sonreír, porque la habilidad del constructor lo propone siempre